Hoy hace cinco años...
Hoy hace 5 años de la muerte de mi tío. Tenía 59 años, una vida hecha, un trabajo que le gustaba, y un cáncer de páncreas que le arrebató todo lo que tanto le había costado construir. Lo más irónico es que, en el fondo, tuvo suerte. El tipo de cáncer que padecía debería haberlo matado en 3 meses. Y sin embargo, gracias a un tratamiento experimental que le pusieron, tuvo dos años más de vida, de disfrutar de los suyos.
En esos dos años todos nosotros, su mujer, sus hijos, su hermana (mi madre), su padre, su cuñado, sus sobrinos, todos nos olvidamos de que podían ser sus últimos años y los vivimos con alegría y con ilusión, como si la fecha límite no fuese a llegar nunca. Por supuesto dejó de trabajar y se dedicó a sí mismo, a su casa, a su familia, a viajar, a sus hobbies. Cuando el cáncer volvió a dar síntomas supimos que no había solución. Y después de la calma y la esperanza vino el sufrimiento, el dolor, la angustia de ver cómo se consumía día a día, hasta el punto de que llegó a negarse a recibir más quimioterapia, llorando como un niño, rogando que le dejasen morir en paz.
Por desgracia, en la familia de mi madre ha habido muchas muertes. Mi abuelo, que ya tiene 94 años, tuvo tres hijos y ya sólo le queda uno, mi madre. Pero para mí, la más dolorosa de todas ha sido la de mi tío. A veces sueño con él, oigo su voz, sigue vivo y está sano. Y luego me despierto y la realidad sigue ahí, pero me siento bien porque, aunque sea en sueños, he podido tener un poquito su presencia.
Parece increíble que hayan pasado ya cinco años desde su muerte. Y parece increíble que le siga añorando tanto y que se me llenen los ojos de lágrimas cuando le recuerdo en la buhardilla de su casa, con los enormes puzzles que tanto le gustaban o, ya enfermo, esforzándose por montar la maqueta de un barco que le regalamos mis hermanos y yo en su último cumpleaños. Ya no me duele su pérdida, no como al principio, pero le echo de menos. Desde que él se fue todo ha cambiado.